05 noviembre 2008

Directores famosos: Otto Klemperer ( 2 )


Con el tiempo, en un esfuerzo para recuperar su prestigio en el mundo musical, Otto Klemperer y su esposa gastaron los ahorros de toda su vida en contratar setenta músicos para ofrecer un concierto en el Carnegie Hall de Nueva York. El concierto fue un éxito de crítica, pero aún así nadie le ofrecía un puesto permanente, y Klemperer tuvo que capear los años de la guerra con presentaciones esporádicas como director invitado de varias orquestas norteamericanas.
Luego, en 1946 ocurrió un milagro tan maravilloso como no se recuerda otro semejante en la música moderna. Invitado para hacer una gira de conciertos por la destrozada Europa de la postguerra, el inquebrantabla Klemperer que había cumplido ya 61 años, enardecía a las orquestas europeas con su presencia y al partir dejaba tras de sí el aplauso de multitudes deslumbradas. Aquel desvaído gigante, que parecía estar con un pie en la sepultura, empezó a vivir de nuevo.


Otto Klemperer en 1945, junto a Alma Mahler, que fue esposa del compositor.
Durante tres años dirigió en Budapest con gran éxito, hasta que el cerco estalinista, que se estrechaba cada vez más, le obligó a marcharse nuevamente. En nuevo vagabundeo con su familia, dirigió orquestas en Argentina, Australia y Canadá. Pero en 1951, en Montreal, sufrió una grave caída y se rompió la cabeza del fémur. Después de ocho meses de convalecencia quedó convertido en un director que no podía siquiera mantenerse en pie frente a la orquesta.
Pero ni tampoco esto le detuvo. Empezó a trabajar con la orquesta Philarmonia de Londres, dirigiendo sentado en una silla. Al principio daba sus conciertos en salas semivacías, pero poco después lograba que se agotaran las localidades. Pasado algún tiempo ya podía llegar hasta el podio con ayuda de muletas, aunque permanecía sentado mientras dirigía. Más tarde sustituyó las muletas por dos bastones; después le bastó uno solo. Por fin, durante un ensayo de la ópera Don Giovanni, de Mozart, en el momento de marcar la entrada a los trombones en la escena del cementerio, se puso en pie sin ayuda.

El Royal Festival Hall de Londres, sede de la Orquesta Filarmonía.
Con la Philarmonia labró Klemperer la coronación de su carrera. Designado primer director vitalicio de la orquesta, los músicos llegaron a conocerle como algo más que aquel hombre severo y remoto, que estaba siempre en su sitio diez minutos antes de los ensayos y miraba a los retrasados cuando pasaban junto a él escurriéndose avergonzados. Sus accesos de depresión rara vez se manifestaban; era un hombre afable y paternal, querido de todos. Pero seguía dispuesto a dar la vida por la música y sabía incitar a otros a darse también a ella por entero.
A veces asomaba el lado áspero de su carácter. Después de una momentánea falta de cohesión de la orquesta, declaraba con una tenue sonrisa: Excelente, señores; pero estaría mejor si tocaran juntos. Sus elogios más ambiguos los reservaba para otros directores. A uno de ellos le dijo amablemente: Admiro la convicción con que interpretó usted los "tempi" incorrectos.
Su estilo revelaba la verdadera fuerza de su genio. En una época de pulidos directores, amigos de efectos teatrales y excesivamente preocupados por la tersura del sonido, Klemperer era un hombre tosco y desgarbado, tenaz forjador de una música vigorosa.

Interior del Royal Festival Hall.

Crispada en un puño su mano derecha semiparalizada y dirigiendo casi exclusivamente con la izquierda, buscaba sin cesar el sonido definitivo. Aún después de seis decenios de conciertos públicos, parecía ajeno a la presencia del auditorio, cuyos aplausos agradecía con desgana. El diario The Manchester Guardian dijo en tributo suyo: No pretendía acariciar nuestros sentidos; su propósito era llegar a la verdad.
Sus tribulaciones personales, sin embargo, estaban lejos de terminar. Su mejor aliada, su esposa, falleció en 1956. Dos años después, en 1958,mientras fumaba su pipa, prendió fuego a la cama y sufrió quemaduras de tercer grado. Sin embargo, ni la parálisis ni el haber estado a punto de arder, consiguieron apartarle del podio.
Adondequiera que el anciano maestro no pudiera acudir, sus grabaciones llegaban por decenas de miles. Pero tampoco en el estudio fonográfico era un director convencional. Le disgustaba volver a grabar dos compases aquí, cinco allá, para lograr la ejecución perfecta a que aspiran los técnicos de sonido. Eso, afirmaba él obstinadamente, sería poco honrado.

Aunque sus conciertos y grabaciones ya le producían unos ingresos considerables, Klemperer continuaba viviendo con sencillez en hoteles londinenses o en su pequeño apartamento de Zurich (Suiza). Se levantaba temprano, daba largas caminatas e invariablemente dormía la siesta por la tarde.
Con la Philarmonia celebró sus 85 y 86 cumpleaños, interpretando triunfalmente obras monumentales de la música, como la Novena sinfonia de Beethoven. Para entonces era frecuente que el público de la sala de conciertos se pusiese en pie al verle entrar, como si se tratara de un personaje de la realeza. Parecía que aquel hombre maltrecho duraría eternamente. El mismo lo creía, al parecer. Cuando tenía 86 años le pidieron que aceptara una invitación para presentarse en el Japón dos años más tarde y él replicó: ¿Pero como voy a saber si el Japón existirá aún dentro de dos años?.
Sin embargo, durante un vuelo a Londres en enero de 1972, Klemperer cayó enfermo y puso fin repentino a sus apariciones en público. No habrá alboroto, anunció un portavoz.
Vista de Zurich, donde vivió y murió Klemperer. Richard Wagner también residió allí.
En realidad, rara vez lo ha habido mayor, los homenajes se sucedían uno tras otro. El maestro se mostraba indiferente y se retiró a Zurich para vivir, atendido por su hija Lotte, en compañía de sus escritores favoritos: Shakespeare, Tolstoi, Goethe. A los dieciochos meses de su bien ganado retiro, Otto Klemperer fallecía.
En la muerte, como en la vida, prevaleció su modestia: dejó instrucciones para que le sepultasen en el ataúd más barato y que en la tumba aparecieran únicamente su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte.
Su música fue su epitafio.
Más información sobre Otto Klemperer.

Beethoven, Sinfonía nº 9 - Otto Klemperer dirige la Orquesta Philarmonia de Londres.

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