26 febrero 2012

Beethoven, Concierto piano nº 3



Beethoven compuso su Concierto nº 3 para piano y orquesta en Do menor op. 37 entre 1799 y 1800, si bien los primeros esbozos eran de 1797, y al parecer lo escribió por encargo, mediante el pago de una suma muy modesta. Fue dedicado al príncipe Luis Fernando de Prusia y su estreno tuvo efecto en Viena el 5 de abril de 1803 con el compositor como solista, aunque alguna fuente cita que Beethoven dirigía y el pianista era su alumno Ferdinand Ries; es posible que sean ciertas las dos versiones, ya que a veces se acostumbraba a ofrecer un pre-estreno, para más adelante presentar la nueva obra de modo oficial.

Es éste un Concierto admirable por muchos conceptos, en el que resultan igualmente dignos de ser tenidos en cuenta la inspiración, la perfección técnica y formal, el equilibrio armónico e instrumental, la variedad y el carácter general, entre romántico y alegre. El compositor que en 1800 tenía treinta años vivía entonces una época feliz, con un cierto renombre como pianista, joven y seguramente enamorado, estas circunstancias se reflejan en la frescura y ligereza de su música.

Se trata de una obra de dimensiones considerables, con intervención de una orquesta bastante nutrida, a lo largo de toda la cual, como en sus otros conciertos para piano, el compositor cuida en todo instante del equilibrio y la armonía entre solista y conjunto acompañante, desarrollando con perfecta claridad sus ideas sin pretender en ningún momento prodigios de virtuosismo ni acumular conscientemente dificultades para unos u otros, aunque sin dejar de mostrar siempre su inspiración y técnica y poniendo claramente de manifiesto su señalada personalidad.





Viena en la época de Beethoven

El movimiento inicial presenta la clásica forma de sonata. Es la orquesta la encargada de presentar el tema primero, de ritmo marcado y contornos claramente acusados, presentados en un principio por la cuerda, a la que sigue a continuación la madera. Se ofrece después, a cargo asimismo de la orquesta, un segundo tema de ángulos menos señalados y carácter general más dulce, para retornar de nuevo al primero con sus características de energía y viveza. Se da más tarde entrada al piano solista, quien expone a su vez ambos temas con una serie de cambios y variaciones que preceden a la nueva inervención -esta vez en segundo término y como acompañante del solista- del conjunto orquestal. Un prolongado desarrollo de los temas de este movimiento da ocasión al lucimiento del pianista, aunque sin caer nunca en excesos de virtuosismo ni olvidar a la orquesta, la cual, como elemento acompañante, tiene asimismo abundantes ocasiones de brillar. Para llegar, en la parte final de este tiempo, a la cadencia del solista, en la que se utilizan de nuevo todos los elementos temáticos ya expuestos en una serie de escalas y variaciones de diafinidad y brillantez sobresalientes. Y termina con nuevas intervanciones de la orquesta y el piano entre las que destacan con especial brillo las acciones de los timbales y el solista.





El piano de Beethoven

Los dos movimentos que completan el Concierto son de una brevedad mucho mayor. Aunque esta característica es normal en la mayor parte de las obras de este tipo, en el caso presente llama, sin embargo, la atención la diferencia de duración de unos y otros movimientos más marcada evidentemente de lo que resulta normal normal en este género de conciertos.
El segundo tiempo -largo- es iniciado por el piano solista, y se trata de un pasaje de extraordinaria dulzura que, expuesto primeramente por el piano, es tomado después a su cargo, sin solución de continuidad, por la orquesta. Nos ofrece a continuación un equilibrado y delicioso diálogo entre solista y conjunto orquestal, en el que tanto uno como el otro tienen buenas ocasiones para lucir, alcanzando ambos cimas de brillantez y virtuosismo no demasiados prodigados en la creación beethoveniana y que contribuyen, quizá, a hacer algo menos patente el carácter generalmente dulce de este movimiento.

La parte final del Concierto es un "Rondó" clásico, con alternancia de una serie de estrofas con un estribillo, iniciado éste por el piano para que la orquesta intervenga de modo casi inmediato y continuar con un juego de animadas combinaciones de ritmo muy vivo y en el que ambas partes -solista y conjunto orquestal- se mantienen a un nivel prácticamente similar en una serie de intervenciones de marcado virtuosismo, brillantez y carácter generalmente alegre especialmente señalado en el "presto" con que finaliza la obra.


Jardines del palacio Schonnbrum en Viena


3 comentarios:

MariluzGH dijo...

Qué maravilla!

¿sabes? tuve la suerte de escuchar, varios ensayos, al maestro Rubinstein en su casa de Marbella hace 'mil años' :) me has hecho recordar buenos momentos ¡gracias!

Classic Musica dijo...

Hola, Mariluz.¡Que suerte tuviste de poder escuchar "en vivo" a Rubinstein!
Lástima que en you-tube encontré sólo el primer movimiento del concierto y lo he tenido que completar con Zimerman, magnífico pianista, al que también admiro mucho.
Rubinstein tenía en esta actuación de 1973 ¡86 años! increíble.
Un abrazo.

Gloria Díaz dijo...

Gracias por el post, addoro este concierto de Beethoven. Desde pequeña me cautivó y no he dejado de escucharlo una y otra vez. En dos semanas hago 35 años y no me puedo creer que por fin lo voy a poder escuchar en vivo y de la mano de Maria Joao Pires que está de gira en San Francisco. Feliz es poco, porque todo llega. Pedazo regalo de cumpleaños.