14 noviembre 2010

Schubert, Sinfonía "La Grande"



"Schubert se ha marchado a la Hungría del Conde Esterházy. Lleva consigo un libreto de ópera... y ha determinado escribir una sinfonía". Así comenzaba una carta del 31 de mayo de 1824 de un amigo de Schubert, el artista Miritz von Schwind, a Leopold Kupelwieser, y no tendría mayor importancia si no fuera porque supone la primera referencia conocida de la Sinfonía en Do mayor "La Grande". Esto indica, por tanto, que a pesar de la idea que dejan traslucir algunos libretos de historia de que la sinfonía simplemente "apareció" en 1828, el compositor ya había pensado en esta obra por lo menos cuatro años antes.

Se tiene que aceptar el simple hecho de que Schubert, un bello día de 1824, se sentara a escribir la Sinfonía en Do mayor, aunque no se pueda decir con exactitud cuando la inició. Sabemos, eso sí, que la obra progresaba allá por el verano de 1825 mientras residía en Gmunden y Gastein, y según evidencia de cartas de aquel tiempo, el compositor esperaba que se interpretara en invierno. Sin embargo tal deseo no se vio realizado.
No parece que existan muchas dudas con respecto a la influencia de Beethoven y de sus sinfonías séptima y novena en el ánimo de Schubert, despertando su deseo de crear su propia obra de igual fuerza y esplendor.
Una vista de Gmunden

Se ha hablado mucho de dos obras para piano a cuatro manos, el "Gran Dúo" -en la misma tonalidad que La Grande- y las Variaciones en La bemol. Numerosos comentariastas concibieron la romántica, aunque en cierto modo ingenua, noción de que estas obras fueron en realidad esbozos pianísticos para la futura sinfonía. No hay, sin embargo, evidencia que apoye este punto de vista; ambas piezas fueron creadas para el piano desde el principio y más o menos en su forma actual.
Del mismo modo, es larga la lista de equívocos y falsas interpretaciones, y las razones por las que se aceptó que esta sinfonía empezada en 1825 en Gmunden y Gastein no era "La Grande en Do mayor". Sir George Grove fue quien primero dio lugar a la controversia, al afirmar que la fecha de 1828 aparecida en la partitura excluía totalmente la posibilidad de que fuera la misma obra (en la actualidad se admite que 1828 fue la fecha de la última revisión que hizo Schubert). Por alguna razón, esta discutible lógica fue casi universalmente aceptada, mientras escritores y entusiastas se aferraban a la romántica idea de una gran sinfonía perdida. Sólo como resultado de estudios contemporáneos efectuados por John Reed y otros, se pudo llegar a la conclusión de forma clara y contundente de que entre 1824 y 1828 Schubert escribió una sinfonía, la hoy conocida como nº 9 en Do mayor.

En octubre de 1826 y ante la imposibilidad de pagar para ofrecer una audición, Schubert envió su sinfonía acompañada de una dedicatoria a la Sociedad Filarmonica recibiendo un pequeño estipendio en concepto de copias de la partitura.
Tuvo una breve audición en vida del compositor, cuando la Sociedad de Música de Viena estuvo ensayándola, pero la orquesta no tardó en desecharla al considerar la obra demasiado larga y difícil. Algunos datos señalan que se interpretó el 14 de diciembre de 1828, poco después de la muerte de Schubert; pero en realidad se trataba de su otra en Do mayor, la que hoy conocemos como nº 6.
En 1839 Robert Schumann visitó a Ferdinand, hermano de Schubert, y tuvo noticias de la olvidada partitura descubriéndola en los archivos de la Sociedad de Amigos de la Música (Musikwerein). Con emoción Schumann advirtió en seguida la importancia de la obra, calificándola como la más importante escrita después de Beethoven y la entregó a Félix Mendelssohn para una interpretación en el Gewandhaus de Leipzig, que tuvo lugar el 21 de marzo.
El 15 de diciembre de 1839 debía ejecutarse completa en la Sociedad de Música de Viena, pero de nuevo hubo dificultades y se tocaron solo los dos primeros movimientos. Hubo de esperar al 1 de diciembre de 1850, más de treinta años después de la muerte de Schubert, para poderla escuchar, por fin, íntegra en un concierto de la Sociedad en Viena.

Mejor que ninguna otra de sus obras, La Grande en Do mayor combina el lirismo sin par de Schubert con el magistral control de la forma. La variedad e inventiva parecen no tener final, sin que jamás decaiga la atención del oyente durante la mayor parte de los cincuenta minutos que exige su interpretación. De sobra conocido es el comentario de Schumann de "divinamente pesante sinfonía", pero más significativo es quizá otro: Estamos, con esta magistral fuerza que fluye sobre la écnica musical compositiva, ante la vida en todas sus fases, ante un colorido de exquisita graduación, ante un minuciosísimo esmero e idónea expresividad, e impregnando toda la obra, ante un espíritu de romance tan fácilmente reconocible en todas las demás obras de Schubert.


Andante-Allegro ma non troppo

El noble tema anunciado por dos trompas al principio es un toque magistral, sencillo en si mismo, pero con un efecto tan arrebatador que incluso los oyentes menos atentos advierten que comienza algo fuera de lo normal. Inmediatamente después la orquesta recoge el tema, lo desarrolla, prolonga y proporciona una amplia gama de colorido instrumental. Finalmente, un crescendo nos lleva al tema principal caracterizado por el ritmo punteado de la cuerda y los tresillos de la madera.

Pero, antes de que sobrevenga el desarrollo, se introduce un tema secundario que amplia el ritmo punteado y luego se desplaza a Mi menor, apareciendo el segundo tema, una delicada melodía interpretado por los oboes y fagotes. Este tema se distribuye con largueza, y resulta curioso escuchar cómo Schubert da a los trombones un recorte del tema inicial de las trompas. Finalmente, tres breves oleadas de toda la orquesta ocasionan el final de la exposición, sucediendo un largo e imaginativo desarrollo de todos lo ingredientes que hasta ahora han jugado una parte importante. La recapitulación es normal, aparte de la aparición del segundo tema en Do menor, y luego después de las tres oleadas la música recoge el paso para la coda. Con una triunfal reexposición por toda la orquesta del tema inicial de la trompa, el movimiento concluye.


Andante con moto

Siete compases de ritmo firme, casi marcial, define el carácter del Andante e insinúan cuanto va a llegar. El oboe entra con un tema que, a pesar de la aparente ligereza que imprime el ritmo punteado, sabe transmitir su propia emoción al oyente. Se une el clarinete y la música se desliza a la tonalidad mayor lo cual da renovada fuerza al ritmo y la composición se desarrolla poderosamente hasta que un típico cambio schubertiano de tonalidad introduce un segundo tema con una delicada melodía de los violines.

El resto de la orquesta exige su participación en este nuevo material y sigue un largo pasaje en el cual el tema se amplía y desarrolla. Finalmente, en un episodio en que trompa y cuerda alternan como el lento tañido de una campana, el oboe torna con la melodía inicial, esta vez con acompañamiento de trompeta y trompa, a modo de fanfarria. Este apoyo extra del metal parece determinar que la música alcance nuevas cimas de intensidad, y los ritmos punteados dan lugar a un poderoso clímax. Entonces, después de compás y medio de dramático silencio, los violoncellos ejecutan una versión en tono mayor de la melodía del oboe. Con la vuelta del segundo tema la música reasume un curso más relajado; los temas principales se presentan una vez más antes de que el movimiento finalice.

Scherzo: Allegro vivace

El Scherzo irrumpe con extraordinaria invención melódica. El movimiento, de inextinguible vitalidad rítmica, esplende vida. Es suficiente señalar la figura inicial declamada al unísono por la cuerda, el lírico tema arpegiado escuchado a los violines durante la primera sección, y los melodiosos pasajes de la madera para que el oyente se dé cuenta de la extraordinaria imaginación de Schubert.
El Trío, que comienza con notas repetidas de la trompa, puede verse -y oírse- como un gran tema. El interés melódico se confina totalmente en la madera, mientras las cuerdas y el metal ocupan el lugar de grandes acompañantes. Se ha criticado, con algún fundamento, la orquestación de esta sección, pero habilmente equilibrada puede producir un sonido excitante e ingenioso, muy diferente a los de la época. Con la reaparición de las notas repetidas de la trompa, el Scherzo recapitula y finaliza.


Finale: Allegro vivace

Ciertamente, es imposible negar la inmensa fuerza y efectividad de este Finale y sus arremolinadas figuras imponiendo la música implacablemente. Desde el principio mismo nos hallamos ante una fuerza demoníaca con los importantísimos tresillos introduciéndose en la contienda. Estarán presentes durante todo el movimiento, siendo escasísimos aquellos momentos en que su influencia no se deje sentir.
Un tema subsidiario, escuchado en los primeros veinte segundos de la madera y diseñado por la precipitada cuerda, juega también una parte importante, al igual que el tercer motivo facilmente identificable con la arrebatadora llamada inicial de la trompa de cuatro Re repetidos. Esta llamada está supeditada a un cierto e interesante colorido orquestal durante todo el movimiento, mucho más al hacerse cargo de la misma los tres trombones, justo antes de la recapitulación, y añadir una quinta, con lo que crean un extraordinario y profundo sonido.
Todo está cuidado al detalle, a pesar del ritmo, y el oyente tendrá que enfrentarse con nuevos problemas para seguir el curso de la música. Finalmente, escuchando como la monumental coda lleva gradualmente a la sinfonía a su final triunfal, se puede empezar a apreciar plenamente el colosal concepto creativo de Schubert: una soberbia obra maestra producida, increiblemente, por un compositor que murió a la edad de 31años.
Franz Schubert, Sinfonía en Do mayor "La Grande"


1 comentario:

Carlos Romero Almonacid dijo...

¡ LA OBRA ES MARAVILLOSA Y EL TIEMPO SU ENEMIGO !!
¡ EN ESE TIEMPO ESTABAN LOS INCOMPETENTES MUSICOS, QUE NO LA ENTENDÍAN !!
¡ HOY SABEMOS QUE LA SINFONÍA ES GRANDE Y EL ENEMIGO ERA PEQUEÑO !ª!