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02 septiembre 2012

La bella Galatea (Die schöne Galathée)



La isla de Chipre está situada en el Mar Mediterráneo a 113 km al sur de Turquía 120 km al oeste de Siria y 150 km al este de Grecia. Tercera en tamaño en dicho mar luego de Sicilia y Cerdeña, tiene unos 800.000 habitantes y posee un clima templado-mediterráno con cálidos y secos veranos y fríos inviernos, con lluvias entre los meses de diciembre y febrero. Es una república y pertenece a la Unión Europea desde el año 2004.
A pesar de sus reducidas dimensiones, tiene una rica herencia cultural que se refleja en los numerosos monumentos y antiguos yacimientos, castillos y fortificaciones repartidos por toda la isla. Encrucijada entre Europa, Asia y África durante siglos, Chipre conserva muchas huellas de civilizaciones sucesivas: teatros y villas romanas, iglesias y monasterios bizantinos, castillos de cruzados y asentamientos prehistóricos.



En Chipre se puede observar de cerca una de las más antiguas civilizaciones del mundo, que hunde sus raíces en 10.000 años de historia. Toda la isla es un gran museo al aire libre donde se pueden admirar numerosos testimonios del dinámico pasado que ha hecho de Chipre un mosaico de periodos y civilizaciones. Numerosos ejemplos de refinado arte bizantino han permanecido y han llegado hasta nosotros. Se pueden admirar, escondidas entre los pinares de los Montes Troodos, las famosas “iglesias pintadas” de Chipre, decoradas con espléndidos frescos en ábsides y muros, diez de las cuales figuran en el elenco del Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco.

Entre las muchas playas de la isla, se puede escoger entre una de arena fina y blanca, con cristalinas aguas de color turquesa o ensenadas rocosas con aguas profundas ideales para el buceo y las inmersiones. Con los largos tramos de costa, las innumerables calitas escondidas por todo el litoral, las tranquilas aguas de la península occidental o los vivaces centros turísticos de la parte oriental, la isla es capaz de colmar todos los deseos de sus visitantes.



En la mitología griega, la leyenda de Pigmalión y de Galatea está asociada a la isla de Chipre. Fue contada por Ovidio en el libro X de sus Metamorfosis.
Las Metamorfosis, es un célebre poema en quince libros que fue escrito por el poeta romano Ovidio, y terminado el año 8 d.C. Es una de las joyas de la literatura y uno de los clásicos de todos los tiempos, que combina libremente los conocimientos y creencias de aquellos tiempos sobre historia y mitologia desde la creación del mundo hasta la deificación de Julio César. Muy leído durante la Edad Media, continúa ejerciendo una profunda influencia en la cultura occidental.



Pigmalión fue un rey de Chipre, que siempre se destacó por su bondad y sabiduría al gobernar. También era un magnífico escultor. Durante mucho tiempo buscó una mujer que reuniera todas las cualidades que él deseaba, para convertirla en su esposa. Al final, decepcionado y perdida su esperanza de encontrarla, decidió esculpir una estatua que reflejara su ideal, resultando una imagen de tanta perfección y belleza que Pigmalión quedó perdidamente enamorado de ella. A tal punto llegó su pasión por la escultura que la trataba como si fuera una mujer real, como si estuviera viva.
Desesperado, durante las fiestas en honor de Afrodita (Venus, en la mitología romana) acudió al templo a orar a la diosa pidiendo el deseo de que su amada se convirtiera en un ser humano y la llama del pebetero se alzó tres veces como una señal, aunque él no entendió su significado. De regreso a su casa, al contemplar una vez más la hermosa estatua no pudo evitar besarla y notó entonces con gran gozo que cobraba vida. La diosa Afrodita había escuchado sus ruegos y más adelante les acompañó en su boda.

El mito de Pigmalión y Galatea es uno de los que más influencia han tenido y sigue teniendo en todas las artes: numerosos pintores, escultores, músicos y literatos han creado obras basadas en el mismo. Una de las más conocidas es la pieza teatral de Bernard Saw, en la cual se basó la película musical My fair Lady protagonizada por Rex Harrison y Audrey Hepburn, donde el profesor Higgins se enamora de una joven inculta de arrabal a la que logra transformar en elegante y atractiva dama. Incluso la Psicología estudia y trata el llamado efecto Pigmalión en los ámbitos educativo, laboral y social.



A principios de la década de 1860, las operetas francesas de Jacques Offenbach se representaron por vez primera en Viena. Después del gran éxito obtenido por La Belle Hélène, que recreaba en tono humorístico la conocida historia de Helena de Troya, el empresario vienés Karl Treumann encargó al compositor Franz von Suppé un nuevo trabajo basado en un argumento mitológico con ribetes cómicos.
Die schöne Galathée (La bella Galatea) opereta en dos actos con música de Franz von Suppé y libreto de "Poly Henrion" (el seudónimo de L. Kohl von Kohlenegg) se estrenó en el Teatro Meysels en Berlín el 30 de junio de 1865, obteniendo el compositor su primer éxtito de crítica y público.

Suppé nació el 18 de abril de 1819 en Split (Dalmacia, Croacia). En su juventud estudió flauta y armonía en Italia y más adelante Derecho que dejó para dedicarse definitivamente a la música. Autor popular de unas 30 operetas, 180 farsas, ballets y vodeviles, sus obras hoy están casi olvidadas aunque perduran sus famosas oberturas Caballería Ligera, Poeta y Aldeano y otras, así como su operetas Boccaccio y La Bella Galatea que aún siguen representándose. Falleció el 21 de mayo de 1895 en Viena.



La bella Galatea

La escena representa el taller del escultor Pigmalión en la isla de Chipre en la antiguedad. Afuera se escuchan las voces de los fieles que hacen sus ofrendas en el templo de Venus. Pigmalión es uno de ellos, pero su siervo Ganímedes prefiere aprovechar la ausencia de su amo para descansar en un sofá del estudio. Sin embargo, su sueño se ve interrumpido por la llegada de Midas, rico coleccionista de arte, quien le explica que ha venido en busca de Pigmalión, después de haber oído hablar de su última creación, la estatua de una mujer hermosa, Galatea.

Ganímedes es firme en que no se le permite mostrar la creación a nadie, ni siquiera ante la insistencia de Midas, diciendo que él es un hombre íntegro, que ha heredado la mejor de las virtudes de su padre y madre. Midas persiste en sus peticiones para ver la estatua y, finalmente, en la ausencia continuada de Pigmalión, Ganímedes no puede resistir los sobornos de Midas, que puede por fin contemplar admirado la estatua. Justo en ese momento vuelve Pigmalion y, en un intercambio furioso, ordena a Midas que se marche. Este protesta en vano que un hombre de su posición no puede ser tratado de esta manera, mientras Ganimedes se esconde en el fondo de la estancia.

Cuando Midas se ha ido, Pigmalión mira con embeleso la estatua de Galatea y se lamenta de que una criatura tan hermosa no está viva. Ganímedes señala que sólo los dioses pueden traerla a la vida, a lo que Pigmalión comienza a ofrecer oraciones a Venus. Poco a poco, Pigmalión ve con sorpresa como Galatea empieza a moverse para finalmente bajarse de su pedestal. Pero, lejos de corresponder al afecto que le muestra su creador, ella se limita a decir lo hambrienta que está. Pigmalión amablemente sale en busca de comida especial para la ocasión, en tanto que Galatea se pone a cantar una tierna romanza acompañándose con una lira que ha encontrado por allí.



Ganímedes reflexiona que no hay nadie tan disoluto como los griegos, en cuanto a las mujeres se refiere, y sin embargo, al mismo tiempo, nadie tan atactivo. Sus reflexiones atraen el interés de Galatea que encuentra al joven muy de su gusto y comienza a coquetear con él, sólo para ser interrumpida por la reaparición de Midas quien queda asombrado al ver a Galatea viva. Siempre ingenioso, sin embargo, saca de su bolsa una hermosa joya con la que empieza a tentar a Galatea. Ella la acepta y coge mas joyas de la bolsa y se las pone, aunque se muestra fria con Midas y sigue interesada en el joven Ganímedes.
Cuando regresa Pigmalion, Midas se esconde mientras Pigmalión, Galatea y Ganímedes se sientan a comer. Galatea ahora descubre un gusto distinto para el vino. Ella se vuelve cada vez más fuera de control y, en el tumulto que sigue, Midas se revela en su escondite. Pigmalión le echa a la calle y corre tras de él. Al quedarse sola de nuevo con Ganímedes, Galatea es capaz de continuar con su coqueteo, y juntos exploran el arte de besar.

Vuelve Pigmalion, seguido poco después por Midas que ha vuelto en busca de sus joyas y sorprenden a los dos amantes. La paciencia Pigmalion está cerca del agotamiento. Él pide a Venus que convierta de nuevo a Galatea en piedra y, después de una impresionante caída de truenos, vuelve a encontrarse en su pedestal. Pigmalión coge un mazo con la idea de destruir la estatua en pedazos, pero Midas está consternado porque su joyería también se ha convertido en piedra. Se las arregla para rescatar algo de todo el incidente con la compra de la escultura de Pigmalión, quien por su parte se cura para siempre de su amor por Galatea.

18 diciembre 2009

Johann Strauss: Die Fledermaus ( 1 )


Johann Strauss II era el rey indiscutible de la música de baile en la corte vienesa del Emperador Francisco José. A pesar de su gran popularidad como compositor de valses no se había sentido nunca inclinado a la creación de una obra para la escena. Según parece, fue Jacques Offenbach, alemán de nacimiento y afincado en París como señor de la opereta francesa, quien durante una visita a Viena en 1865, recomendó a Strauss hijo que se dedicara a la composición de operetas.

Los teatros autriacos, cansados de depender de las comedias musicales importadas de Francia cuyos derechos a pagar eran enormes, requerían con urgencia que un compositor de Austria dedicara sus esfuerzos a la escena lírica ligera. Pero fue la primera esposa de Strauss, la mezzosoprano Henrietta "Jetty" Treffz quién, con evidente instinto comercial, convenció finalmente al músico de lo provechoso del asunto.



Su primera opereta fue Die Lustigen Weiber von Wien (Las alegres comadres de Viena) escrita en 1868 y que no llegó a estrenarse. Más adelante compuso Indigo und die vierzig Räuber (Índigo y los cuarenta ladrones, (sobre temas orientales de Las mil y una noches) y Der Karneval in Rom (Carnaval en Roma) que se estrenaron con cierto éxito en 1871 y 1873 respectivamente.

El libreto de Die Fledermaus (El murciélago) fue redactado por Carl Haffner y Richard Genée sobre dos fuentes, un exitoso vodevil francés de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, frecuentes libretistas de Offenbahc, titulado Le Réveillion (La Nochebuena) y por otro una obra de teatro alemana, Das Gefàngnis (La prisión) de Julius Roderich Benedix.

El director del famoso Teather an der Wien, el húngaro Max Steiner, había adquirido los derechos de la obra francesa por una considerable suma de dinero, sin ocurrírsele que tal vez el Arzobispo de Viena pondría reparos a que se escenificara una comedia en la que se celebraba un extravagante baile en Nochebuena, víspera de la Natividad del Señor. El editor Gustav Lewy, amigo de Steiner, aconsejó: "Cambia la acción a cualquier otro día del año y dale el libreto a Strauss". Se hizo de esta manera y el compositor quedó entusiasmado con el texto. La historia, probablemente apócrifa, cuenta que bastaron seis semanas de retiro en su casa de las afueras de la ciudad, para que Strauss concluyera la partitura de la que habría de ser su obra más importante.


Die Fledermaus (El Murciélago) se estrenó triunfalmente el 5 de Abril de 1874, en el famoso Teather an der Wien, donde también habían estrenado obras Beethoven y Schubert.
Ciertamente el texto es de una calidad deslumbrante para el género, y bajo la pátina superficial del entretenimiento ligero y alegre podemos descubrir todo un comentario crítico con la alta burguesía de la época.
Resulta sorprendente que, mientras en otros países los tiempos se rigieran por un estricto código moral en lo que respecta a los roles sociaes y sexuales, la corte vienesa permitiera la exhibición pública de una comedia en la que se celebra de manera tan abierta la libertad sexual "Chacun à son goût!", los entretenimientos lúdicos, la "bella chispa divina" del alcohol y la "joie de vivre". Es escasamente imaginable que una obra semejante, a no ser que se hubiera tamizado hasta lo irreconocible en la censura, se representara, por ejemplo, en la contemporánea Inglaterra de la reina Victoria o en la España de la Restauración.

Para empezar, Rosalinde, en apariencia la abnegada esposa de Gabriel von Eisenstein, ofrece tan sólo una débil resistencia a la tentación de Alfred, su antiguo pretendiente, que sabe derretirla con el solo timbre de su voz. Aunque con tal de guardar las apariencias no tiene reparo en instarle a hacerse pasar por su marido cuando el director de la prisión, Frank, les sorprende en pleno tête-à-tête, en el momento en que viene a llevarse a Eisenstein para que cumpla su arresto de ocho días por desacato a la autoridad.

Eisenstein, por su parte, es un conocido juerguista que alardea tranquilamente ante sus amistades de las innumerables conquistas (ciertas o nó)) que su infalible talismán -su reloj musical de bolsillo- le ha propiciado. Pero sus chanzas le van a costar caras, y su amigo el socarrón Dr. Falke planea su venganza por la ocasión en que, regresando de una correría carnavalesca, Eisenstein vestido de mariposa y él de murciélago, lo dejó abandonado por la mañana medio borracho en medio del campo, teniendo que buscar el camino a casa a pleno día agitando las alas postizas por toda la ciudad, sufriendo las burlas de chiquilos y paseantes.

Para llevar a cabo la "venganza del murciélago", Falke reunirá en casa del príncipe Orlofsky a Frank el director de la prisión donde Eisenstein debía haber ingresado a cáusa de un incidente, a Adele la doncella de su casa y como guinda al pastel a su propia esposa, Rosalinde, que con una máscara se hace pasar por una enigmática condesa húngara y con la cual Eisenstein, sin reconocerla, flirtéa toda la noche.



La fiesta del segundo acto ocupa un espacio central en la obra en el que todo se torna apariencia y todo puede suceder. Eisenstein es el marqués Renard, el director Frank es el caballero Chagrin ¡gran ironía!, Adele se transforma en la glamurosa señorita Olga y Rosalinde engaña a todos con su máscara. La fiesta se celebra en casa del príncipe Orlofsky, una suerte de play boy pionero, un noble joven y rico que se aburre con sus millones y ha olvidado cómo réir.

El plan del Dr. Falke, empapado en el alegre champán , "el rey de los vinos", y arrebatado por la confusión del baile, culminará con éxito absoluto a la mañana siguiente en la prisión, donde todas las apariencias -o casi - se disolverán en una escena colectiva de reconocimiento. Eisenstein, que se había hecho pasar por el abogado Blind para interrogar a su propia esposa y al tenor Alfred, a quien cree su amante -¡qué irónico que el adúltero se enfurezca porque le paguen en su misma moneda!-, tendrá que cumplir sus ocho días en prisión: la venganza del murciélago se ha llevado a feliz término.

La música es tan deslumbrante como el texto, si no más, y resulta de una alegría chispeante desde la misma obertura, conocidísima pieza tocada con frecuencia en concierto, que recoge los temas musicales fundamentales del resto de la obra. Estos, evidentemente, están inspirados en el mundo de los valses, las polkas y la música ligera. (Continúa)


Segunda parte y vídeo completo de la opereta con subtítulos en español  AQUÍ

15 diciembre 2009

Johann Strauss: Die Fledermaus ( 2 )


La obra se estructura en dieciseis números musicales cerrados, entre los que se va intercalando el diálogo, que en la práctica teatral se entremezcla con toda suerte de "morcillas" musicales y textuales para adecuarla al gusto del momento.
Entre los insertos de "El murciélago" se encuentran, por ejemplo, citas en clave humorística de otras óperas y operetas. También es tradición incluir unas cuantas sorpresas como parte de la fiesta del segundo acto, cuando el champán va haciendo efecto. Entre ellas se cuenta la interpretación de polkas o valses del propio Johann Strauss en las que participa el cuerpo de baile del teatro e incluso los mismos personajes de la comedia, y es frecuente que los fastos se coronen en los grandes teatros con la intervención de alguna figura no anunciada de especial relevancia: un aria de ópera u opereta, o una canción popular cantada por un famoso tenor o soprano.



ACTO I

Una habitación en la casa de Eisenstein. A través de la ventana se oye una voz que canta amor a Rosalinde, la señora de la casa, casada con Gabriel von Einsestein. La voz pertenece a su antiguo pretendiente Alfred, desolado por su reciente matrimonio. Aparece tarareando en escena Adele, la doncella, que ha recibido una carta de su hermana Ida, invitándola a la fiesta que dará esa noche el joven príncipe Orlofsky en su villa. Entra Rosalinde preguntando si ha regresado su marido. La doncella rompe en sollozos y se lamenta de que su pobre tía está enferma, y dice tener que ir a verla con urgencia. Rosalinde se niega a dejarla ir: su marido tendrá esa misma tarde que ir a prisión a cumplir cinco días de arresto por pelearse con un guardia en plena calle. En ese momento entra Alfred en la casa. Ella le detiene asegurando que es una mujer casada, y le pide que se vaya. Alfred sólo aceptará si ella promete recibirle una vez que su esposo se haya ido. Rosalinde consiente y Alfred se marcha encantado.
Entra Eisenstein discutiendo con su abogado tartamudo, el Dr. Blind, por cuya ineficiencia habrá de cumplir ocho días de arresto en vez de cinco. Adele anuncia la visita del Dr. Falke, amigo de correrías de Eisenstein. Cuando Rosalinde desaparece de la habitación Falke desvela el verdadero propósito de su visita: viene a inviarle al baile que da en su casa el prícipe Orlofsky. Su esposa no tiene por qué enterarse. Eisenstein acepta casi enseguida la jugosa invitación. Ambos bailotean alegremente cuando entra Rosalinde, que se sorprende de su comportamiento. Eisenstein se retira a su habitación a vesirse y Falke se despide. En previsión de la visita de Alfred, Rosalinde le dice a Adele que ha decidido darle la tarde libre. Eisenstein reaparece vestido con su frac ante el pasmo de su esposa y su doncella. Los tres se despiden entre sí con aparente tristeza.



Entra Alfred, que toma posesión de inmediato de la casa,vistiéndose con el batín de Eisenstein, e invita a su amada con una canción a que beba con él. Rosalinde, vencida por su voz, se une a la música. Sorprendiendo a ambos en medio de su alegre dúo Entra Frank, el director de la prisión que viene a escoltar personalmente a Eisenstein a su "retiro". Rosalinde, azorada, reponde que su marido no está en casa. Alfred sigue canturreando alegremente, e invita con la mism canción a Frank a que beba con ellos. Frank, quien ha deducido que el alegre personaje debe de ser Eisenstein, se une a la canción. Rosalinde está avergonzada, e implora a Alfred con susurros que debe aparentar ser su marido. Rosalinde se dirige a Frank asegurando que el hombre con el que ha sido sorprendida en una actitud tan cotidiana no puede ser otro que su marido. Frank que no puede perder tiempo porque ha sido invitado a una fiesta, se apresura a partir con su preso.




ACTO II

En la villa del príncipe Orlofsky. Una alegre algarabía preside la fiesta que da el príncipe Alexander Orlofsky, que parece acompañado por el Dr. Falke. Éste promete a su ilustre amfitrión que hoy podrá reir a placer: le ha preparado un entretenimiento de primera magnitud, "La venganza del murciélago". Llega Adele a la fiesta, ataviada con un vestido robado del armario de su señora, a encontrarse con su hermana Ida, quien asegura no haberle enviado invitación alguna. Ida presenta a su hermana al príncipe como la señorita Olga, prometedora artista. El príncipe les da una billetera llena de dinero para que se lo jueguen. Falke revela que "Olga" es en realidad la doméstica del héroe de la historia.
El mayordomo del príncipe, Iván, anuncia la llegada del marqués Renard, que no es otro que Eisenstein bajo la falsa identidad de un noble francés. Orlofsky invita a Eisenstein a beber con él un vaso de vodka. En ese momento regresan Ida y Adele, que ya han dilapidado todo el dinero del príncipe. Eisenstein, sorprendido de encontrarse con Adele, le pregunta si siempre ha sido la "señorita Olga". Orlofsky anuncia a la concurrencia que el marqués ha confundido a una de las invitadas con su doncella. Todos ríen y Adele comenta lo gracioso de la situación.



Ivan, el mayordomo, anuncia la llegada del caballero Chagrin, que en realidad es el director Frank. Orlofsky celebra que dos compatriotas franceses se encuentresn en su fiesta. Frank y Eisenstein, que conocen apenas unas palabras de francés, se saludan amistosamente. Falke anuncia al príncipe que aún queda por llegar una condesa húngara que aparecerá enmascarada. Todos pasan a la estancia contigua. La misteriosa condesa es Rosalinde, advertida por Falke de que su marido ha ido a pasar la noche de juerga en la fiesta del príncipe. Eisenstein queda prendado de la misteriosa dama y decide utilizar su talismán infalible, su reloj musical, para seducirla. Ella decide entrar en el juego y acaba arrebatándole el reloj.

Vuelve Falke con el príncipe y los invitados, y la fingida condesa canta unas csárdás de su tierra para demostrar que es una auténtica húngara. El príncipe aplaude entusiasmado y afirma que el Dr. Falke iene reservado un chiste para la ocasión sobre un murciélago. Eisensein, partido de risa, dice que sólo él puede contarlo: una madrugada en que Falke y él regresaban de una farra nocturna, él disfrazado de mariposa y Falke de murciélago, lo dejó abandonado bajo un árbol, teniendo que regresar a casa a pleno día, expuesto a las chanzas del populacho. Desde entonces todos le conocen como el "Doctor Murciélago". Llaman a la cena y comienzan los entretenimientos, los brindis y los bailes. Tras el desenfreno, el príncipe pide orden y dan las seis de la madrugada. Frank y Eisenstein piden sus sombreros con mucha prisa: ambos tienen que llegar pronto a la prisión.



ACTO III

Entra el carcelero Frosch, que aprovechando la ausencia de su jefe ha bebido más de la cuenta, y oyendo la voz de Alfred desde la celda pide silencio. Aparece el director, vestido aún de traje y tambaleándose con una terrible resaca. Vuelve Frosch diciendo que hay dos damas en la puerta que preguntan por él. Son Adele y su hermana, que vienen a confesarle a Frank su verdadera identidad. Éste promete ayudar a Adele en su carrera artística. Frosch anuncia ahora la llegada de un caballero, y el director ordena al primero que oculte a las damas en una de las celdas. El recién llegado es Eisenstein, que viene a ingresar en prisión. Al encontrarse, Frank y él se saludan como viejos amigos. Frank se ve obligado a confesar que en realidad es el director de la cárcel y no el caballero Chagrin. El supuesto marqués, divertido, le revela a su vez que es Gabriel von Eisenstein. Frank se rie abiertamente: él mismo arrestó a Eisenstein en su propia casa el día anterior.
Llega Blind el abogado tartamudo y Eisenstein traza un plan: se disfraza con sus ropas para interrogar al sujeto que se hizo pasar por él. Frosch anuncia la llegada de Rosalinde y saca a Alfred de su celda. Eisenstein disfrazado interpela a Alfred y a su esposa, tratando de esclarecer lo ocurrido. Rosalinde dice que su marido ha pasado la noche de juerga con otras mujeres y que quiere el divorcio. Eisenstein, furioso, se da a conocer, afirmando ser él a quien han deshonrado. Rosalinde saca el reloj musical de Eisenstein como prueba.
Entonces aparecen en la puerta todos los invitados del baile riendo alegremente: todo ha sido una broma. Eisenstein, dispuesto a cumplir su arresto, cree en verdad que todo se ha preparado para reirse a su costa y pide perdón a su mujer: "La culpa la tuvo el champán". La venganza del murcielago se ha cumplido.



"El Murciélago" (Die Fledermaus) de Johann Strauss II. Opereta completa con subtítulos en español.


12 diciembre 2008

Jacques Offenbach, la alegría de vivir ( 1 )


Ha finalizado la obertura; se ha descorrido el telón y una locomotora, casi tan grande como las de verdad, entra en la estación de ferrocarril del decorado, echando bocanadas de vapor. Desde el interior de los vagones iluminados, turistas extranjeros cantan exultantes, saboreando por anticipado las pícaras delicias de París. El público prorrumpe en aplausos, y en seguida se acomoda para disfrutar de tres horas de alegría musical. Cuando llega el final, la ovación es ensordecedora. Los espectadores salen del teatro sonrientes, tarareando y silbando
¿Un nuevo éxito de la comedia musical? No exactamente. Es la reposición en París de La vie Parisienne, una opereta con más de cien años pero tan divertida y vibrante como el día que saltó a las candilejas por primera vez. ¿Su compositor? El inventor de la opereta, que luego daría lugar a la comedia musical: Jacques Offenbach.


Uno de los contemporáneos del siglo XIX, Gioacchino Rossini, le llamó "El Mozart de los Campos Elíseos". Giacomo Meyerber, el gran sacerdote de la ópera francesa, tenía un palco abonado para cada representación de Offenbach. El filosófo Federico Nietzsche calificó su música de "momentos de perfecto buen humor". Pero quizá la descripción más acertada del encanto de Offenbach se deba al compositor y director de orquesta contemporáneo Manuel Rosenthal: "El verdadero ritmo de su música es el latido del corazón".
Y hoy, más de un siglo después de su muerte, ese corazón todavía late con fuerza. Reposiciones de las obras más conocidas de Offenbach, como La via Parisienne, Orfeo en los Infiernos, La Perichole, y La Gran Duquesa de Gerolstein, se representan a teatro lleno en muchos países, y también están de moda sus numerosas obras en un solo acto. Su ópera Los Cuentos de Hoffman figura en el repertorio de la mayoría de las compañías de ópera de Europa y de los Estados Unidos.

Irónicamente, ningún recién llegado a París parecía tener un futuro menos prometedor que los tres pobres judíos alemanes que, procedentes de Colonia, se apearon de una diligencia en noviembre de 1833. Isaac Offenbach traía a sus hijos a Francia con objeto de completar su educación musical en este país. Julius, de dieciocho años, tocaba el violín, y Jacob, de catorce, el violoncelo.
El padre de los muchachos trató de conseguir para Jacob una audición con Luigi Cherubini, el tiránico director del famoso Conservatorio de París. Cherubini disfrutaba sofocando las aspiraciones de jóvenes músicos. "Las reglas del Conservatorio determinan que no puede ser admitido ningún estudiante extranjero", anunció a Isaac. (Diez años antes, se había negado a aceptar nada menos que a Franz Liszt porque era húngaro). Pero Isaac persuadió a Cherubini para que oyera a Jacob. El director exhumó una difícil sonata italiana y se la arrojó al muchacho. Jacob la ejecutó sin un fallo. Cherubini saltó de la silla exclamando: "¡Suficiente! Haré una excepción... ¡Estudiará en el Conservatorio!".
Sin embargo, un año más tarde, Jacob o Jacques, nombre que no tardó en adoptar, dejó el Conservatorio porqué se sentía aburrido y aceptó un empleo como violoncelista en la orquesta de la Opera Cómica. Cuando no tocaba, se dedicaba a componer
En 1839, se unió a un aristocrático joven alemán, Friederich von Flotow (futuro compositor de la ópera Marta), para tocar en los salones de moda. Haciendo imitaciones de gritos de animales con su violoncelo, y con su charla inteligente y salpicada de "humor de Bulevar", Offenbach pronto se convirtió en favorito del publico.
Su aspecto físico acentuaba la broma. De poco más de metro y medio de altura y unos 45 kilos de peso, su aspecto fantasmagórico-brillantes ojos oscuros, nariz aguileña y cabello largo y ensortijado- sorprendía a los invitados y a los padres de su futura esposa, Herminie. Para conquistarla, Jacques accedió a convertirse al catolicismo a dar una serie de conciertos que tuvieran éxito. Cumplió ambos requisitos. Y su triunfal gira por Inglaterra, realizada en 1844, le aseguró una perdurable popularidad en aquel país.

La Opera Cómica de París

De vuelta a Francia, en busca de un empleo serio, Offenbach puso sitio a la Opera Cómica y visitó en repetidas ocasiones al director. Pero los círculos tradicionales de la música le rehuían por demasiado satírico, original y por no ser francés.
Después de la revolución de 1848 asumió el poder Luis Napoleón, un casi desconocido que había pasado la mayor parte de su vida en Suiza,Alemania e Italia y que más tarde sería Napoleón III.
Su presuntuosa corte sentía gran inclinación por la pompa imperial y la alegría de vivir, y París pasó a ser la capital mundial de las diversiones. La música de Offenbach, otro forastero, se identificaría con el brillante Segundo Imperio de Napoleón.
Offenbach dirigía ahora la orquesta de la Comedia Francesa y a menudo presentaba composiciones suyas. Entre los que aplaudían sus actuaciones, estaba el conde (luego Duque) de Morny, hermano del Emperador. Con el apoyo de Morny compró el Bouffes-Parisiens, un pequeño teatro junto al Palacio de la Industria, centro de la próxima Exposición Universal de 1855.

El puente Alexander III en París

Después de trabajar febrilmente para renovar el interior, Offenbach sólo disponía de tres semanas para componer, formar el elenco y ensayar su primer programa completo para el 5 de julio de 1855: un prólogo, una pantomina, una parodia operística y un apunte satírico. Algunos de los ingredientes -valses, canciones de amor, fragmentos de melodías sin estrenar- ya estaban listos. Pero Offenbach necesitaba un hábil artesano capaz de hilarlo todo con un argumento. Entonces oyó hablar de Ludovic Halévy, un joven dramaturgo fustrado. Offenbach corrió a la oficina del gobierno donde éste trabajaba y le explicó que debían ponerse a escribir inmediatamente. Halévy aceptó encantado y así nació una colaboración que duraría veinte años.
Los actores masculinos de Offebach eran de primera categoría, y sus divas estaban espléndidamente equipada tanto en lo que respecta a la voz como a otras cosas. Gracias en parte a Hortense Schneider, una bella pelirroja que fue la primera actriz, la ambiciosa obra de Offenbach El violín Mágico constituyó un éxito inmediato. A partir de entonces, el Bouffes estuvo lleno todas las noches.

Auguste Renoir (1841-1919) Le Moulin de la Galette
A continuación escuchamos la obertura de "Orfeo en los infiernos" por la Orquesta Sinfónica de Lima y una selección de obras de Jacques Offenbach. Cantan José Carreras, René Kollo, Régine Crespin y Ann Sofie von Otter.


06 diciembre 2008

Jacques Offenbach, la alegría de vivir ( 2 )


Seis meses después, al clausurarse la Exposición, Offenbach encontró otro teatro cerca de la Opera, al que también dio el nombre de Bouffes-Parisiens. Las nueva obras se ensayaron a toda prisa. Con Halévy, Offenbach creó Bata-clan y Madame Papillon y, con Michel Carré, La Rose de Saint-Flour, a la que calificó por primera vez de "Opereta".
A pesar de su genio en el quehacer teatral, Offenbach era un mal hombre de negocios que gastaba más de lo que ganaba. Perseguido por sus acreedores necesitaba un gran éxito. Lo logró en 1858 con Orfeo en los Infiernos, una parodia de la leyenda griega de Orfeo. Para el inteligente libreto de Halévy, Offenbach compuso una brillante partitura. También sacó el can-can de los cabarets vulgares y lo llevó al escenario. La danza se convirtió en el furor de París.


Orfeo se representó 228 veces, un récord en su tiempo, y en 1859 los ingresos del Bouffes llegaron a casi medio millón de francos. Al año siguiente Offenbach tomó la nacionalidad francesa por orden personal del Emperador y, como en aquel momento no tenía deudas, se hizo construir una casa de verano, la Villa Orphée, en Etretat, en la costa de Normandía. Le gustaba descansar allí con su esposa, sus cinco hijos y sus numerosos amigos.
Sin embargo, no descansaba mucho tiempo. Nuevas obras seguían a vertiginoso ritmo (tres en 1859, cuatro en 1860 y cinco en 1861). El público acudía en tropel a reírse de la abierta parodia de su propia sociedad y a llevar el compás de las nuevas melodías que Offenbach les ofrecía en número ilimitado. Fuera del teatro, su música se oía por doquier: en pianos de dorados salones, en bailes de la corte, en cabarés de barrios y hasta en los estridentes compases de las bandas militares. Un crítico de música de París señaló: "El señor Offenbach compone tres valses antes de almorzar, una mazurca después de cenar y cuatro galops entre las comidas".


Para mantener aquel prodigioso ritmo de producción, hizo instalar un escritorio en su carruaje para poder repasar las partituras camino de los ensayos. A un amigo le escribió: "Tengo un vicio terrible: no puedo parar de trabajar. Lo siento por aquellos a quienes no les gusta mi música, porque yo, con toda seguridad, moriré con una melodía en la punta de mi pluma".


Halévy dejó una vívida imagen del compositor en su trabajo: "Escribía con gran rapidez. Luego, para buscar una armonía, tocaba en el piano algunos acordes con la mano izquierda. Sus hijos iban y venían a su alrededor, jugando, riendo y cantando. Llegaban amigos y colaboradores. El hablaba, chismorreaba, bromeaba y seguía escribiendo con la mano derecha".
La frenética actividad de Offenbach no tardó en hacer mella en su salud. Tenía reúma y gota. Su aspecto demacrado y sus escasos mechones de pelo inspiraron muchas caricaturas. Sin embargo, entre 1864 y 1866 compuso nada menos que quince operetas.
En 1867 produjo La Gran Duquesa de Gerolstein, que trataba de la fatua corte y el pretencioso ejército de un imaginario principado alemán. Cuando el canciller prusiano Otto von Bismarck vio la obra en París exclamó encantado: "Así es exactamente como es" y agregó: "Terminaremos con los Gerolstein". El plan de Bismarck para unificar Alemania suponía la guerra, porque Francia no podía tolerar una Alemania fuerte en sus fronteras. A pesar de esto, las amenazadoras nubes de guerra no hicieron más que aumentar la popularidad de La Gran Duquesa.

Napoleón III (primero a la izquierda y el Canciller Bismarck en Sedán.

La rápida derrota de los franceses en 1870 marcó el final del Segundo Imperio. Se dice que Napoleón III mantuvo su compostura durante la rendición a los prusianos en Sedán. Pero aquella noche, solo y prisionero en un castillo, oyó a una banda militar enemiga tocar en la distancia una melodía de Offenbach, y toda su entereza se derrumbó al son de la familiar música, y se echó a llorar.
Mientras tanto. Offenbach comprobó de repente que la prensa le tildaba de prusiano, y sus enemigos culpaban a sus frívolas sátiras de la derrota de Francia. Triste y perplejo, abandonó el país y se dirigió a España, pero pronto regresó. Decidido a rehacer su fortuna, Offenbach produjo una reposición de Orfeo. Con la nueva obra recaudó más de dos millones de francos, pero pronto los despilfarró en producciones costosas que no tuvieron éxito. Una vez más se enfrentaba con la bancarrota.
Entonces le llegó una invitación de Norteamérica para dirigir treinta conciertos con motivo de la celebración del centenario de Estados Unidos, en 1876. Aunque transido por el dolor y la enfermedad, Offenbach actuó durante seis semanas a teatro lleno. Animado por su éxito norteamericano, regresó a París y compuso dos brillantes operetas más: Madame Favart y La hija del Tambor Mayor.

Una fotografía de París de noche.

A pesar de sus éxitos en la opereta, Offenbach estaba decidido a pasar a la posteridad como compositor "serio". A los sesenta y un años, cada día con más precaria salud, trabajó en la cama con la idea de terminar una ópera: Los cuentos de Hoffman. Era una carrera contra la muerte: para el 4 de octubre de 1880 sólo había completado la partitura de piano y algunos fragmentos de la orquestación (otros se la completarían). Con el manuscrito aún en la mano, tuvo un ahogo. "Todo acabará esta noche...", murmuró a su familia.
A la mañana siguiente, el cómico Léonce, que protagonizaba Orfeo, llegó al piso del compositor. El portero de la casa salió a recibirle, diciendo: "El señor Offenbach ha fallecido... Murió sin darse cuenta". Léonce respondió: ¡Ah... Como se va a sorprender cuando se dé cuenta!".
Era un epitafio realmente adecuado, igual que el diálogo de una opereta de Offenbach.


Pintura de Claude Monet (1840-1926)

A continuación escuchamos una selección de "Los Cuentos de Hoffman". Cantan Plácido Domingo, Natalie Dessay, Agnes Baltsa, Ileana Cotrubas.

Podemos escuchar ahora la deliciosa obra "Gaité Parisienne", un arreglo de Rosenthal con las más famosas obras de Offenbach