06 febrero 2010

Chopín, Poeta del piano ( 3 )

Chopín, retrato de Ary Scheffer

A principios de verano de 1831 llegaba Chopín a la acogedora capital de Francia "de paso para Inglaterra", según anotó en el libro registro de una casa de huéspedes del Poissonnière. París vivía entonces en una contínua fiebre de revoluciones y contrarevoluciones. Las calles de la capital presenciaban cada día algaradas que respondían a mil diversas causas. La vorágine de sus bulevares arrastraba multitudes de refugiados de todos los países europeos.
Chopín que en su modesta pensión se mantenía al margen de todas esta manifestaciones puramente políticas, tuvo la feliz coincidencia de encontrar en la misma pensión a otros refugiados polacos. Estos le proporcionaron múltiples relaciones y así fue como, en lugar de quedarse en París por un breve descanso, pasó a tener una residencia constante en esta ciudad, que al final había de absorver todas sus actividades artísticas.
Chopín confesó que al principio no le gustaba aquella vorágine constante que, según propia expresión, le parecía de un nivel vulgarísimo. Echaba de menos el señorío y la espiritualidad de la capital de su patria.


Boulevard Poissonnière, por Dagnan (1834)

Entretanto, las tropas rusas anegaban en sangre polaca los intentos de los patriotas de todas las clases sociales, que se habían unido para deshacerse de su poderoso opresor. La madre de Chopín le había notificado la muerte de su hermana pequeña, Emilia, la que se parecía más a él en lo físico y en sus sentimientos íntimos de amor a la música; le había rogado que, sobre todo, no volviera a su patria, pues no ignoraba que los patriotas polacos se organizaban en el extranjero, y se unían en grupos para formar unidades de combatientes de resistencia. Pero ésta era cada vez más débil, y los que quedaban con vida huían al extranjero valiéndose de todos los medios.
Chopín pudo por fin localizar a un íntimo amigo de su infancia y condiscípulo que le puso al corriente de las noticias de última hora: los sangrientos sucesos y el aplastamiento de la insurrección por las crueles tropas del Zar.

Desechada toda esperanza -al menos por el momento- por parte de Chopín y sus leales compatriotas,, dedicose con todo ahinco a desarrollar su arte, con el consuelo de difundir por todo el mundo las melodías y las danzas de su desgraciada Polonia. Y a fe que lo consiguió con creces. Su antiguo amigo y condiscípulo Tito Wayciecchouski le presentó a otros compatriotas polacos refugiados en París, y poco a poco fue ensanchándose el número de relaciones, hasta el punto de que, muchas veces, en sus largas veladas, le parecía encontrarse en su patria.
Pero el colmo de la sorpresa fue cuando, saliendo un día de un café de Montmartre, se encontró de sopetón con el príncipe polaco Radziwill, antiguo amigo de su familia, que sentía por Chopín una estimación y admiración tan grande como la que le tenía el músico. El paso que dio Chopín por mediación de este príncipe, fue su consagración y la causa definitiva que le obligó a demorar su estancia en París para siempre.



Cuadro de Camille Pissarro. Al fondo la Opera Garnier

Frecuentaba el príncipe Radziwill la morada y las veladas del multimillonario judío Rotschild en cuyo salón tenían lugar las reuniones más importantes de aquel París romántico del mil ochocientos. El potentado Rotschild, que ya había oído hablar vagamente del joven artista polaco, tomó con muchísimo interés la idea de organizar en sus brillantes salones un gran concierto para que Chopín fuese escuchado por la alta sociedad parisiense, y quedó concertada para pocos días después la velada de presentación del joven pianista.

El palacio del rico banquero judío era una verdadera maravilla, y cuando se anunciaba alguna de sus famosas veladas, no podía faltar nadie que sobresaliera un poco en cualquiera de las bellas artes, la política o la literatura.
Entre los caballeros que la fama había reunido en aquellas sesiones memorables, estaba el entonces famoso pianista alemán Karl Brenner; en otro ángulo del salón, el famoso compositor y director de orquesta Mendelssohn, que había oído a Chopín en algunas de sus cortas excursiones artísticas por Alemania, se deshacía en elogios del joven polaco como intérprete del piano y como compositor, asegurando a sus contertulios que se encontrarían con uno de los mejores compositores de Europa, a pesar de su juventud.
Otro joven imberbe, moreno y ya famoso en el mundo de la ópera departía con un grupo de bellas muchachas. Bellini -tal era su nombre- les decía: "Si habeis podido comprender y aplaudir las arias de mi ópera La Sonnambula, podréis apreciar fácilmente las interpretaciones y las obras originales de este joven polaco, que la fama ha hecho llegar hasta nosotros desde tan lejos". Estaban también presentes el violinista Beriot, así como toda la distinguida familia Pleyel, fabicantes de pianos.


Chopín toca el piano ante la familia Radziwill (1829). Oleo de Hendryk Siemiradzki

De pronto hízose un profundo silencio, y Chopín acompañado por un familiar del Mecenas de aquella noche, se dirigió sin ninguna ostentación al magnífico piano de cola. Como al sentarse demostrara el joven polaco cierta turbación -como si estuviera deslumbrado por la riqueza y elegancia de aquella concurrencia- Bellini se le acercó cariñosamente, diciéndole al oído: "Podeis tocar con absoluta naturalidad, pues no estais entre extraños, sino entre amigos ávidos de escucharos y aplaudiros".

Puesto ya en la ineludible necesidad de empezar su concierto, y temiendo que si tocaba obras suyas, no serían de momento del todo comprendidas, empezó con un concierto de Móscheles, el gran amigo de Beethoven. Después tocó unas variaciones suyas sobre un tema del Don Juan, preciosa colección que arrancó fervientes aplausos por su belleza e impecable ejecución. Mientras duraba el recital, el príncipe Radziwill se acercó a Chopín y le dijo unas palabras, pidiéndole que tocase fuera de programa la "Krakoviat", brillante fantasía que Chopín había compuesto sobre el himno nacional de Polonia.
Una emoción indscriptible se apoderó del joven pianista. Por unos segundos palideció, pero pronto se recuperó y templó sus nervios; irguió su cabeza con orgullo pensando en su amada Polonia, y atacó con ardor los primeros compases de su emocionante composición. Las estrofas de su himno patriótico fueron sucediéndose con creciente brillantez. Una fuerza heróica daba alas a sus manos. La emoción corría a raudales por el salón, los refugiados polacos lloraban, las señoras y muchachas sacaban furtivamente sus pañuelos bordados y disimuladamente se los llevaban a los ojos para ahogar una emoción sentimental; los caballeros escuchaban embelesados; hasta que el joven polaco, con un movimiento enérgico y brillante, cerró su emocionante interpretación con el glorioso acorde final.

Siguieron unos instantes de silencio sepulcral, de calma precursora de la tempestad, pues al unísono, todo el brillante público que tuvo la dicha de asistir a esta reunión prorumpió en alaridos de entusiasmo y ardor. Las muchachas aplaudían con entusiasmo, las señoras continuaban enjuagàndoses sus lágrimas mezcladas con risas de júbilo y todos rodeaban al joven pianista para felicitarle con entusiasmo.
El príncipe que con tanto acierto acompañara a Chopín a casa del potentado israelita, gritaba mientras le abrazaba: "¡Viva Polonia! Polonia es imortal, y hoy, con tu música, ha triunfado ruidosamente en París".

Un piano donde tocó Chopín

A raíz de la memorable sesión celebrada en casa de Rotschild, Chopín se encumbró rápidamente. A los pocos meses se le había desvanecido sensiblemente el mal efecto que le causara el París de sus primeros días, con sus multitudes vocingleras y sus ruidosos movimientos políticos. Dio algunos conciertos con gran éxito en las Salas de la capital, trabó amistad verdadera y efectiva con Bellini, con Mendelssohn y con el coloso del piano de aquellos tiempos, Franz Liszt. Los tres le fueron siempre fieles, apreciaban sus dotes de compositor romántico sin par y también sabían valorar sus geniales interpretaciones. El resultado normal de todas sus actividades artísticas y trabajo constante así como de su agradeble trato realzado por su gentil y pulcra figura, fue su afianzamiento económico.
El fabricante de pianos Pleyel y su distinguida familia, que lo tuvieron siempre entre sus íntimas amistades, le obsequiaron con un precioso piano de cola. Las muchachas más bellas y aristocráticas solicitaron sus lecciones, que pagaban a precios que ningún profesos hubiera osado pedir.



Federico Chopín, Concierto piano y orquesta nº 1. Yundi Li, piano

30 enero 2010

Chopin, Poeta del piano ( 2 )


Tres años más tarde, en 1828, protegido y animado por las excelentes amistades de su patria, se atrevió a presentarse en Berlín. De regreso pasó, siempre en gira de conciertos, por Praga, Breslau, Dresde y también por la célebre ciudad de su patria, Cracovia. En agosto de aquel mismo año fue a Viena dejándose oir con general aplauso, hasta el punto de que Hasslinger, gran editor de la capital del Danubio, publicó con éxito algunas de sus recientes composiciones. Tanto fue así, que instó y consiguió que Chopín diera un gran concierto con orquesta en el Teatro de la Opera.
El concierto fue un acontecimiento en la vida musical y artística de Viena, que ostentaba por aquel entonces el monopolio de la elegancia y el Arte. Chopín escribió a sus padres una carta llema de risueñas esperanzas, y comentaba el éxitodel concierto de la Opera con optimistas palabras.
"Me han aplaudido tanto, que en las Variaciones no podía oir los "tutti" de la orquesta, apagados por las ovaciones con que el público celebraba mis intervenciones al piano".
Alentados sus amigos por el éxito de este concierto, organizaron una segunda audición que alcanzó tanto éxito como la primera, artística y económicamente.


El Teatro de la Opera de Viena en 1830. En 1865 se construyó un nuevo y magnífico edificio.

Las elegantes señoras de los palcos comentaban la figura un poco escuálida y en extremo juvenil de Chopín. "Lástima -decían- que este muchacho no sea más robusto". Y era natural que hicieran esta observación, pues se ha de tener en cuenta que Chopín, entonces, no era más que un jovencito imberbe sin ninguna característica física que justificase aquella bravura y aquella genial interpretación que daba a sus obras. Existía el precedente de Listz, joven arrogante que demostraba una prueba y un dominio del piano verdaderamente deslumbrantes, así como Creuny, el pianista que interpretaba magistralmente a Bethoven, los dos en la plenitud de la vida.
Verdaderamente, es algo portentoso el caso de Chopín. Hojeando sus difíciles estudios de Concierto, sus brilantes Valses y sus espectaculares y caballerescas Polonesas, uno no sabe de dónde sacaba la fuerza y la virilidad aquel cuerpo enfermizo, de contextura tan fina y señorial, para dar aquellas sensacionales interpretaciones.
¿Quién no conoce aquella fogosa "Polonesa en La bemol", que con la mano izquierda imita la cabalería y la artillería de una singular batalla? Pues bien, esta pieza inmortal la compuso semanas antes de su muerte, cuando se había apoderado totalmente de él la traidora enfermedad y sufría por las noches espantosas alucinaciones que dejaban su pobre cuerpo hecho un esqueleto viviente.

Terminado su segundo concierto, regresó a su patria pasando por las ciudades antes mencionadas y por Tepliz, famosa estación termal y verdadera cita de reunión de gentes de alcurnia. No faltaban allí cabezas coronadas, diplomáticos, embajadores, príncipes, generales y potentados. No es necesario decir que Chopín fue, con su porte elegante y aristocráticas maneras, el ídolo de todas las reuniones.



Después de los saludos y cumplidos de rigor, sentábase delante del piano de cola y transcurrían velozmente las horas del brazo de las inspiradas composiciones del pianista.
Luego venía la "prueba" a que estaban sometidos todos los pianistas de aquella época. La cocurrencia escogía un tema para que el artista demostrase su imaginación y su habilidad por medio de inspiradas variaciones: "¡El Tema! ¡El Tema!", solía oirse de boca en boca; y por fin se levantaba un encantador grupo de muchachas y amablemente le exponían a Chopín el tema escogido, que una vez fue un aria de una ópera de Rossini, muy en boga por aquellos días.

Chopín, que ya conocía dicho tema , no tuvo necesidad de tomar nota en el papel pautado, sino que, después de unos segundos de silencio y en medio de una expectación general , empezó a tocar el famoso "tema", primero de una manera sencilla y escueta, luego añadiéndole preciosas variaciones ricamente adornadas con sentimentales submelodías, fluidos asombrosos, acompañamientos tristes y fúnebres, atacando súbitamente otra variación con ritmos alegres y terminándolos con tiernas notas que parecían gemidos del alma.
Por último desarrolló la variación final de una manera tan brillante y gloriosa, que antes de terminar los últimos acordes, se levantó toda la numerosa concurrencia atronando el salón. Fue la ovación más ruidosa que habían oido aquellas paredes, mudos testigos del triunfo de otros artistas. Ningún aplauso tan cálido como el que obtuvo Chopín en aquella memorable velada. Tanto fue así, que uno de los asistentes, ilustre diplomático del Rey de Sajonia, escribió a su soberano refiriéndose a Chopín: "Créame su Majestad que es uno de los grandes pianistas de nuestra época".
Otra vez en u casa paterna y en el seno de su familia, que le adoraba, volvió a su actividad creadora al lado de su buen maestro y consejero Elsner.
Chopín acababa de cumplir los veinte años. Aprovechando el éxito que le proporcionó esta gira por Centroeuropa, dio dos conciertos con éxito total en la misma Varsovia.



En los últimos meses de aquel año acabó de pulir unas magníficas composiciones que él mismo llamó -y en realidad son- "Estudios". Vale la pena insistir sobre estas composiciones. Ahora, con la perspectiva que nos dan los años transcurridos desde su fallecimiento (1849), podemos afirmar sin ningún género de dudas, que sus Estudios han representado una auténtica revolución en la técnica moderna del piano. Las combinaciones de la mano derecha, a base de notas dobles, con unas aplicaciones desconocidas por Bach, Haydn, Mozart y Beethoben, el paso del pulgar, el uso constante de las teclas negras, sus pasajes rápidos y los grupos rítmicos de la mano izquierda, con una armonía tan peculiar, todo ello acompañado de una poderosa inspiración, hizo exclamar a Cortot: "Los Estudios de Chopín son una larga y completa lección de piano".

En 1830, tras un año de intenso trabajo y constante estudio, Chopín siente deseos de emprender otra gira de conciertos, esta vez más prolongada y de más amplitud. Pero tiene un presentimiento negro, que en edad tan juvenil empieza a atormentarle " ¿Y si muero fuera de mi casa, lejos de mi familia? ¡Qué horrible ha de ser morir solo, al lado de un mal médico o de un infeliz criado!" Este presentimiento triste de su fin, ya no le dejaría en paz.
La fuerza de su incipiente juventud y el optimismo que nos hace ver, afortunadamente, el aspecto más favorable de las cosas, le convencieron de la necesidad de trasladarse a Viena a primeros de noviembre. En esta ciudad, emporio de la riqueza y del arte, conoció Chopín a hombres famosos de la época.
Thalberg, el famoso pianista alemán, le fue presentado en un concierto. Tuvo también estrecha amistad on Malfatti el médico que asistió los últimos momentos de Beethoven, y por él se enteró de mil pormenores de la vida del glorioso músico sordo. Conoció también a un célebre violinista llamado Kreutzer, que en su tiempo despreció por "demasiado fácil" una de las Sonatas de violín más geniales y hermosas que compusiera Beethoven. Al desdichado violinista, todo el mundo le conoce, y su nombre será inmortal por haberle dedicado el glorioso compositor la mencionada Sonata.
A Chopín no todo le pareció aceptable, en su conjunto en esta segunda visita a Viena. Desaparecidos ya Haydn, Mozart y Beethoven, la ciudad se había entregado en brazos del compositor de valses Johann Strauss I. Al público interesado en las Cosas del Arte, aficionado a las óperas de Mozart, a los conciertos y a las audiciones sinfónicas, había sucedido otro frívolo y falso.



Facilmente se adivinará que numerosos "Strauss" encontraron ambiente favorable para triunfar en toda la línea. Y célebre es la frase de un literato de aquel tiempo, que solía decir: "En Viena se almuerza, se cena y hasta se duerme al son de los valses de Strauss". Valses por las calles, valses en los salones, valses por todas partes; hasta en las buhardillas más humildes podía verse a más de una pareja valsando al son de un desafinado clarinete.

Chopín, educado en el seno de una familia distinguida y en una sociedad selecta de rancias costmbres, como la de su amada patria, no pudo soportar la frivolidad que le rodeaba. Enterado de la acogida que la buena sociedad y el público de Londres dispensaba a los artistas de todos los países, decidió trasladarse a la gran capital del Imperio Británico.
Antes, quería despedirse de su patria, pero entonces recibió un aviso de sus padres para que desistiese de hacerlo, pues el pueblo polaco en masa se había levantado contra sus opresores rusos. Nicolás Chopín, padre del ya famoso pianista, conocía los sentimientos patrióticos de su hijo, y temiendo por su salud tan precaria y ante las violencias, algazaras y sucesos sangrientos que se registraban por aquellos días en Varsovia, tomó la determinación de ponerle sobre aviso para que no regresara a su patria y continuara sus giras artísticas.
Y así fue como Chopín, con un pasaporte que decía: "A Londres", pasó por París, alejándose de su amada Polonia, que fatalmente no volvería a ver jamás.

Cuadro de Claude Monet


Preparémonos a disfrutar con una selección de obras de Chopín por el gran pianista Krystian Zimerman.


23 enero 2010

Chopín, Poeta del piano (1 )


Federico Chopín, compositor y pianista polaco nació en 1810, hace doscientos años. Para recordarle, publicaremos en varias entradas un escrito que sobre él nos dejó Josep Mª Roma i Roig, compositor, pianista, organista y pedagogo catalán (1902-1981).

Si cualquiera que se encuentre en París toma el metro que le deja al pie del cementerio Père Lachaise, encontrará a la salida de la estación que lleva este nombre y en las bocacalles adjacentes un buen número de mujeres y muchachas de aspecto modesto que venden ramilletes de flores. Estas flores, estas violetas, las rosas, las margaritas, la mayoría van a adornar la tumba de Chopín.
El que escribe estas líneas ha visitado dos veces el sepulcro del famoso pianista. La primera vez, delante del pequeño relieve esculpido por Clessinger (yerno de George Sand) que representa a Chopín visto de perfil, había un precioso manojo de flores silvestres; la segunda vez, colgaba en la pequeña reja que protege el sepulcro una rosa hermosísima.


No podía hacer más que unos minutos que una mano piadosa la había colocado allí mientras musitaba una breve plegaria. Pocas biografías de Chopín silencian este detalle: el obsequio de flores frescas a la tumba del famoso músico polaco va sucediéndose día tras día y año tras año. Y es que Chopín es el músico del sentimento, como Wagner es el compositor de la pasión y Beethoven el genio de las multitudes.
Las personas que vibran por las pequeñas cosas de la vida, que se entusiasman contemplando una noche estrellada, que sufren por un ser amado o que gozan de la conversación con espíritus de fina sensibilidad, estas personas comprenden y viven la música de Chopín.
No deja de ser consolador el hecho registrado el año 1949, al celebrarse el primer centenario de la muerte del famoso músico. El mundo moderno, con sus máquinas, su industria, su preocupación por los problemas económicos y sociales y sobre todo por su aferrado materialismo, da la impresión de que ha dejado de ser romántico; lo que equivale a decir que ya no goza de las cosas amables y delicadas de la vida. Por eso, repetimos, fue consolador constatar el número interminable de conferencias, audiciones, conciertos y conmemoraciones que tuvieron lugar en honor y homenaje a Chopín.
Congratulémonos de que el mundo amigo de las artes y, en especial, de la música, haya contribuído a dar el relieve que merecen las composiciones de Chopín. Bajo el punto de vista objetivo, parece que no se trató de una vulgar y burocrática conmemoración cualquiera. Tuvo un especial carácter de emoción colectiva, con la esperanza de aquella saludable reacción por las manifestaciones del alma y de la belleza.


Retrato de un joven Chopín por Francesco Hayez

Chopín fue el poeta del piano. Se le da este nombre porque, a la alta calidad estética y musical de sus obras, une la circunstancia de haber escrito la totalidad de sus composiciones para este instrumento.
La copiosa y rica producción se compone de algunos conciertos para piano y orquesta, sonatas y canciones; pero lo que más abunda es el vals, la polonesa, la mazurca, el nocturno, el preludio, los célebres estudios de concierto y otras varias formas de composición, no tan numerosas pero de más calidad, como las baladas y los scherzos.

Hasta hace relativamente poco, las biografías de Chopín arrancaban de su llegada a París, casi un adolescente, de paso por la capital francesa para dar unos conciertos en Londres. Pero recientes gestiones y búsquedas sumamente laboriosas, han arrojado luz sobre su origen y, remontando su árbol genealógico, han aclarado por qué un nombre de fonética tan francesa, fuera polaco y en cierta manera el músico más representativo de esta nación.
Efectivamente, el padre de Chopín nació en Lorena, y Chopín, según los biógrafos, es la versión francesa de Srop, apellido del abuelo paterno. Este se estableció en Francia cuando Leozinski, monarca polaco dueño del ducado de Lorena, instaló allí su residencia.
Aclarado este pequeño detalle de su ascendencia, sabemos ya de cierto que Federico Chopín nació en un pueblo cercano a Varsovia. Su madre se llamaba Justina y su padre Nicolás. De este matrimonio nacieron, además de Federico, único varón, tres niñas más. La menor murió jovencita de la misma enfermedad que después se llevaría al padre y veintidós años más tarde al genial músico: la tuberculosis. Las otras dos hermanas de Chopín alcanzaron una edad más dilatada y ambas tuvieron una posición muy distinguida en la capital.

La casa natal de Chopín en Gelazowa Wola, cerca de Varsovia

Chopín nació el día 22 de febrero de 1810 (hay dudas sobre esa fecha y también se cita el 1 de marzo) y fue bautizado en el mismo templo en donde habían contraído matrimonio sus padres.
Aunque la niñez de Chopín transcurrió casi siempre en la capital de su patria, forzosamente tuvieron que impresionarle, durante las vacaciones pasadas en el campo, las danzas de los campesinos y las leyendas de las hadas, bosques y castillos a las que tan inclinada se siente el alma eslava.
Se da el caso que Chopín, que pasó lo mejor de su vida fuera de su patria, nunca se dejó llevar por las corrientes musicales y estéticas de los países que visitó. Ni siquiera claudicó ante las teorías y modismos que privaban entonces en la capital de Francia, convertida, aunque de una manera circunstancial,en su residencia y en su patria adoptiva; y aquí radica el secreto más admirable de su música que nunca dejó de ser auténticamente polaca.
En sus melodías, en la armonización de todas sus obras, se manifiestan las costumbres que, a través de mil guerras y circunstancias adversas, ha sabido guardar celosamente el pueblo polaco.


El palacio Lazienki en Varsovia

Las singulares aptitudes que mostraba Federico durante su niñez, inclinaron decisivamente a sus padres a procurarle serios estudios musicales. Le proporcionaron un buen preceptor en la persona de Elsner, un verdadero maestro que inculcó en su joven discípulo, además de una buena técnica pianística, un acendrado amor a la música polaca. Esto tuvo una enorme influencia para el joven artista, que al cabo de unos pocos años había de ser el músico más característico de su país.
Junto con Elsner, formaron un buen terceto de preceptores el eminente compositor, violinista y organista Kurpinski, y Apollinar Koutski, buen maestro aunque no buen compositor, que era el director del Conservatorio de Varsovia.
Aunque ya llevaba Chopín en su frágil naturaleza los gérmenes de la enfermedad que le condujo al sepulcro, no se puede decir que tuviera una infancia desgraciada. Al lado del amor y solicitud de sus padres, había el cariño que le demostraban sus hermanas Isabel, la mayor, y Luisa, que era la más próxima a su edad. Fue Luisa quien cerró los ojos de Chopín, presentándose en París pocas horas antes de su muerte. Emilia, la más joven, formaba, por decirlo así, un mundo aparte para el pequeño Chopín; murió de tuberculosis a una edad muy temprana y su fallecimiento causó al músico un dolor profundísimo.
Siendo ya Chopín un adolescente, pasaba algunas temporadas con su madre y hermanas en el palacio de la princesa Idalia, que gustaba de la buena música y vio en seguida en el joven unas aptitudes sobresalientes. Por mediación de esta princesa frecuentó lo más selecto de la sociedad polaca del momento. Aquella sociedad tuvo una influencia decisiva en el alma de Chopín; educado en un ambiente de fe católica y con un sentimiento patriótico exacerbado por la dura ocupación rusa, se avivaron las esencias radicales de su fantasía juvenil y fueron prodigiosa semilla que había de germinar al cabo de poco tiempo en forma de inspiradas melodías y ritmos caballerescos que son el espíritu de sus Nocturnos, Mazurkas, Polonesas, etc.
Corría el año 1825 cuando Chopín se dispuso a iniciar algunas giras artísticas.



Federico Chopín Andante Spianatto y Gran Polonesa Brillante. Yundi-Li, piano


16 enero 2010

Rachmaninov, Concierto piano nº 3


Sergéi Rachmaninov compuso su tercer concierto para piano en el tranquilo entorno de Ivanovka, su hacienda familiar, y lo terminó en septiembre de 1909 (hace poco más de cien años). Poco después embarcó rumbo a Estados Unidos y el 23 de noviembre tuvo lugar su estreno en el Carnegie Hall, sede de la Sociedad de la Orquesta Sinfónica de Nueva York (más adelante Filarmónica de Nueva York), con la dirección de su fundador Walter Damrosch y el propio compositor como solista.

El Tercer Concierto de Rachmaninov está considerado como uno de los más difíciles y exigentes para el piano. Jósef Hofmann a quien fue dedicado no lo llegó a tocar públicamente alegando que "no era para él". El compositor escribió dos versiones de la "cadenza": la primera corta, fácil y suave y la segunda que anotó Ossia (alternativa), mas larga, grandiosa y difícil, tanto que ni siquiera el propio Rachmaninov la interpretaba.
La primera grabación del concierto fue realizada por Vladimir Horowitz acompañado por la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Albert Coates para la casa His Master's Voice en 1930. Esta grabación está considerada por el crítico musical inglés Norman Lebrecht como una de las 100 mejores grabaciones jamás realizadas.
Rachmaninov lo grabó entre 1939 y 1940 con la Orquesta de Filadelfia y bajo la batuta de Eugene Ormandy.
En contraste con la belleza apasionadamente romántica del Segundo Concierto, este Tercero es más sombrío y melancólico pero posee un virtuosismo que realmente arrebata y subyuga.


La sala Carnegie Hall de Nueva York

Leamos lo que sobre esta obra escribió el gran pianista y director de orquesta Vladimir Ashkenazy.

Allegro ma non tanto

Es natural que Rachmaninov, poseyendo un gran talento como compositor y como pianista, demostrara todas las posibilidades del instrumento en sus obras para el piano. Sin lugar a dudas, en su Tercer Concierto para Piano alcanzó el punto álgido en ambas aptitudes, exponiendo las más maravillosas y variadas cualidades del teclado y expresando sus ideas musicales de la forma más clara posible. Líneas melódicas elaboradas aunque siempre armoniosas, infinitas variedades de ritmo en conbinación con un entusiasmo verdaderamente noble y humano; todo ello lo encontramos en este Concierto admirable. Los climax tan naturales y lógicos como los que aparecen en la cadencia y en las culminaciones de los movimientos segundo y tercero, tiene muy pocos paralelos en las obras de Rachmaninov (el primer movimiento de la Segunda Sinfonía, el también primer movimiento de la Tercera y "La Isla de la Muerte" comparten, no obstante, una lógica similar).
Aunque los tres movimientos del Concierto tienen mucho en común rítmica y melódicamente, son distintos por completo en clima e imágenes.

El primer movimiento se halla rebosante de tristeza y amargura; su final, con esos extraños sones apagados que surgen del piano, bien pudiera denominarse trágico. Su primer tema, reminiscencias del cual aparecen en los movimientos segundo y tercero, es la base para la concepción de este movimiento. Suena casi como una canción popular sobre las llanuras y colinas rusas; con este triste y desesperanzado tema se inicia el primer movimiento y, de hecho, se concluye con él, pues aparece de nuevo justamente antes de una abrupta coda.
El segundo tema es mucho más ligero y su desarrollo da orígen al único punto brillante y radiante de este movimiento. Hay dos clímax: uno en el centro del desarrollo, el otro en la recapitulación, es decir, en el centro de la cadencia.El segundo llega a su cúspide en la tonalidad de "Re" mayor, pero se halla muy lejos de ser un clímax heroico (como, por ejemplo, lo es su equivalente en el Segundo Concierto pues es el "Re" mayor con el "Si" bemol en su escala lo que le da un colorido especial y le hace sonar vacilante, un tanto angustiado.



Intermedio (Adagio)

No hay pausa entre los movimientos segundo y tercero. El segundo es un ejemplo típico de orientalismo ruso (desde el "Russian" de Glinka y las "Danzas polovtsianas" de Borodin hasta Rachmaninov) con un muy especial sabor rachmaninoviano en él. Aquí hay tranquilidad pero con una exaltación contrastada, y casi al final tenemos un momento de fantasía, cuando el tema del primer movimiento aparece en forma de vals. Titulado "Intermedio", constituye un verdadero punto de relajación entre el primer movimiento y el final. El contraste entre el Intermedio y el Final se hace pasmosamente evidente cuando este "tranquillo" oriental, ejecutado por la orquesta, es interrumpido de súbito por una explosión emotiva puramente rusa que surge del piano y que nos lleva hasta el último movimiento.

Final (Alla breve)

El final, como todos en la música de Rachmaninov, es muy enérgico, pero difiere de los demás en su compactibilidad. La música no se detiene entre los temas primero y segundo (como sucede en los Conciertos Primero, Segundo y Cuarto); va tornándose cada vez más animada, y sume a los oyentes en un estado de tensión. La sección central está construida sobre el segundo tema del primer movimiento. La única fantasía rítmica del compositor hace que su sonido sea muy diferente al de la versión lenta original. Esta parte es un maravilloso calidoscopio de sonidos que saltan, resplandecen y centellean en el espacio. La recapitulación es aún más excitante: las cascadas de "più vivo", "più mosso" y "accelerando" llegan a un apoteosis en la Coda, donde el segundo tema de este movimiento Final suena de manera tan amplia y gloriosa que olvidamos todos los dolores y sufrimientos, tal es la alegría, el amor y la bondad que rebosa.
Así pues, en términos generales, la concepción de la obra es optimista, lo que prueba que Rachmaninov fue un gran artista que disfrutaba del simple hecho de vivir y que amaba a la gente. Y demuestra también que tales cosas significaban más para él que su eterno fatalismo y su constante temor a la muerte.





Rachmaninov, Concierto piano nº 3 en Re menor, opus 30. Martha Argerich, piano.



09 enero 2010

Sibelius, Concierto violín


Jean Sibelius (1865-1957) considerado como el último gran representante de las escuelas románticas nacionalistas del siglo XIX ha contribuído decisivamente con su obra al reconocimiento internacional de la música de su país natal, Finlandia.

Una gira de la Orquesta Filarmónica de Helsinki, que termina apoteósicamente en París en el marco de la Exposición Mundial de 1900, sirve para que su actuación pueda ser conocida en distintas ciudades de otros países y poco más tarde Sibelius fue invitado a dirigir sus propias obras en Alemania, donde músicos tales como Arthur Nikisch, Félix Weingartner, Richard Strauss y Ferruccio Busoni -este último desde su puesto en Berlín desarrollaba una intensa actividad en favor del músico finlandés- mostraron un gran interés por sus composiciones.
No resulta, pues, extraño que fuese Richard Strauss el director del estreno de la segunda versión, revisada, del concierto para violín, opus 47, obra con la que Sibelius se aparta del estilo patético de la Segunda Sinfonía (con el predominante uso de instrumentos de viento) para iniciar el estilo más luminoso e íntimo de la Tercera Sinfonía, en la que predominan los instrumentos de cuerda.


La Singakademie de Berlín

Con motivo de la primera ejecución, escribe Sibelius:

"En octubre de 1905 mi concierto para violín recibió su bautismo de fuego en Alemania, en un concierto en la "Singakademie" de Berlín. La parte solista fue interpretada por Carl Halir, y la orquesta fue dirigida nada menos que por Richard Strauss. Como ejemplo de la consciencia con la que Strauss abordaba la ejecución de obras de compositores contemporáneos puede referirse que obligó a la orquesta a repetir tres veces la obra para dejar a punto la parte del acompañamiento; aunque en realidad el concierto para violín exigía tal cantidad de ensayos".

En este concierto, la orquesta, que incluye tres trombones y dos trompetas, no se halla subordinada al papel de simple acompañante y menos todavía al de proporcionar respuesta al instrumento solista, sino que posee en muchas ocasiones una entidad propia y un vigoroso desarrollo sinfónico.
Sibelius hace uso de la forma sinfónica con una extraordinaria libertad y autonomía sin romper nunca por completo el modelo formal de concierto. De este modo, en el primer movimiento, el lugar donde habitualmente se encuentra la sección de desarrollo está ocupado por la gran cadencia de instrumento solista, normalmente esperada hacia el final del movimiento.



Paisaje de Finlandia

Más aún que las innovaciones formales, son las características estilísticas del lenguaje musical las que deben suscitar el mayor interés de este concierto de Sibelius: la amplia melodía, sombría y austera, llena de melancólica tristeza, respirando el color del paisaje finlandés; la armonía estática y pesante, los ritmos vigorosos y a menudo sincopados y los originales timbres que proveen las voces graves de los instrumentos de madera.
La parte solista es tratada con eficacia y virtuosismo. Sibelius, que en otro tiempo había formado parte de un cuarteto como violinista, conocía perfectamente cómo extraer todas las posibilidades del instrumento. Todas estas cualidades aseguran para esta obra un lugar permanente entre los grandes conciertos escritos para violín.


Sibelius, Concierto para violín y orquesta, opus 47. Solista, Vadim Repin



31 diciembre 2009

Feliz 2010



FELIZ AÑO NUEVO


No puede faltar este día "El Danubio Azul", el vals por excelencia de Johann Strauss. En esta ocasión es Zubin Mehta quien dirige la Orquesta Filarmónica de Viena.





Y como regalo de Año Nuevo, podemos ver el ballet "Carnaval", una creación del coreógrafo Michael Fokine para los Ballets Rusos de Serguei Diaghilev. La música es una versión orquestal de la obra para piano del mismo título de Robert Schumann.
Los personajes son los mismos que en la partitura anotó Schumann: Pierrot, errante y acongojado, sentimental y crédulo; Colombina y Arlequín, los dos con el mismo juego a expensas de los otros personajes, despreocupados y explotando su encanto y su brillo; Chiarina, coqueta y sentimental; Pantalón, hueco y vanidoso; Papillón que se burla de Pierrot.